Roncesvalles fue de siempre vía de paso obligatoria para entrar en la Península Ibérica. Por Roncesvalles penetraron fundamentalmente los celtas, los bárbaros (409), los godos que se establecieron a lo largo de la cuenca del Duero, y naturalmente el rey Carlomagno con el más poderoso ejército del siglo VIII, camino de la ciudad de Zaragoza. Carlomagno, dado que fue derrotado en Zaragoza, decidió, camino de su reino, reducir a ruinas la capital de los vascones, Pamplona. Fue al regreso, en los Pirineos, entre el collado de Ibañeta y la hondonada de Valcarlos, donde hubo de sufrir una contundente emboscada por partidas de nativos vascones, a los que les resultó fácil provocar un descalabro general a base de lanzar rocas y dardos. La Chanson de Roland, escrita en algún lugar de Francia hacia finales del siglo XI, concibió el desastre en el llano, entre Roncesvalles y la villa de Burguete, y los atacantes ya no eran vascones, sino sarracenos.

La iglesia colegiata de Santa María es la fábrica más lujosa de Roncesvalles y el mejor ejemplo navarro del gótico. El templo actual se construyó gracias a Sancho VII “el Fuerte” (1194-1234), quien lo eligió como lugar de enterramiento. No hay datos concretos sobre las fechas de la construcción de la iglesia, pero se sabe que fue a principios del siglo XIII, entre 1215 y 1221.

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La tradición dice que el nombre de Puente la Reina proviene del puente románico sobre el río Arga, que fue mandado construir en el siglo XI por una anónima reina de Navarra. Generalmente se hace referencia a que esta reina fue Doña Mayor, esposa de Sancho el Mayor o Doña Estefanía, mujer de García el de Nájera.

Algunos etimologistas disienten de la tesis tradicional y así José María Jimeno Jurio creía que el nombre derivaba de un originario Pons Rune, donde Runa sería el nombre que antiguamente tenía el río Arga, derivado a su vez de Iruña, el nombre en lengua vasca de Pamplona.

El nombre que se daba en lengua vasca a la localidad, Gares, dejó de utilizarse a la vez que desaparecía el uso del euskera en la comarca. El nombre se conservó hasta la actualidad principalmente por el testimonio escrito que dejó el cronista navarro José de Moret en el siglo XVII) y por algunos topónimos menores de la comarca (p.ej. Garesbidea (camino de Gares) en el cercano pueblo de Uterga). Es posible que el topónimo sobreviviera oralmente hasta principios del siglo XX entre algunos habitantes de la zona. En la segunda mitad del siglo XX se recuperó el nombre de Gares como nombre de la localidad en euskera y actualmente es cooficial. Sobre su origen etimológico, es enigmático, algunos creen que tiene que ver con la palabra gari (trigo) y lo traducen por trigales.

Coloquialmente a la localidad se le llama Puente. Sus habitantes son denominados puentesinos/as. En euskera se utiliza el gentilicio garestarra.

Parece que este hermoso ejemplar de castillo señorial reinado de Carlos III el Noble. En 1424, este monarca dio ciertos materiales para la obra a Mosén Pierres de Peralta, y poco después le otorgó 1000 libras fuertes con el mismo fin. Posteriormente, en torno al año 1429, Juan II y doña Blanca dieron al citado Mosén Pierre el señorío de ladrillo. Desde 1513 fue este castillo núcleo y cabeza del marquesado de Falces, uno de los estados o señoríos más importantes y dilatados del Reino.

En el informe descriptivo que en 1788 dirigió el licenciado Ricarte a la Academia de la Historia se dice: hay un palacio de la marquesa de Falces, señora actual de Marcilla, o mejor castillo, confuso, luces, cañoneras o flecheras a cuatro caras. Cimientos se ven de murallas, aberturas de puente elevadiza, garitas y cadena avanzado de la plaza; oratorio, escudos del marqués solamente, pozo de agua, calabozo, mina subterránea, estorbes una águila imperial figurada sobre los tres manchones que miran a la villa… La armería del Castillo contenía numerosas adargas, petos, morriones y todo género de armas y arneses, entre ellos la armadura de Mosén Pierre, discutido personaje que en 1469 asesinó al obispo de Pamplona. En la Cámara del marqués se acordaba antiguamente la famosa Tizona del Cid, y en la capilla se veneraba una Santa Espina y se conservaba un dinero de lo que fue vendido Nuestro Señor. Conocida la leyenda, según la cual la marquesa doña Ana de Velasco se enfrentó valerosamente en 1516 a las gentes del coronel Villalba pidiendo su actitud resuelta que se llevase a cabo la demolición de la fortaleza, decretada por el cardenal Cisneros.

El castillo palacio construido de ladrillo sobre taludes de piedra, que según Iñiguez pudieran ser de poca anterior. En 1820 el ayuntamiento liberal hizo demoler unas garitas que estaban donde la plaza principal y un fortín que al parecer sirvió de cuerpo de guardia y éste figura de un cubo. El castillo sido adquirido por la diputación foral para proceder a su restauración.

Los pastos y bosques de pino silvestres y las hayas ocupan la mayor parte de la superficie del término municipal de Roncal, cuya figura geográfica se asemeja a una Y. La villa, por lo demás, es un ejemplo de arquitectura doméstica de tipo pirenaico, con sus grandes mansiones señoriales. El caserío lo cruzan varias vías empedradas que con una distribución anárquica descienden en pendiente desde la iglesia parroquial. Abundan las casas de sillarejo, con cadenas en las esquinas, tejados a dos o cuatro aguas y chimeneas cilíndricas de tipo pirenaico. Uno de los edificios más destacados es el palacio de Sanz Omo, un enorme edificio de la segunda mitad del siglo XVIII. También es de destacar el barrio del Castillo, en el camino del cementerio, barrio en el que Gayarre sufragó dos obras, la llamada Casa del Valle y el frontón. La Casa Consistorial es un bonito edificio de cuatro plantas con muros exteriores enfoscados y pintados a los que están adosados unos parches sobre los que se extiende la terraza. La última reforma importante se llevó a cabo en en la década de los años 20.

Pueblo de raigambre antigua, la gastronomía en Roncal es señera: el queso Roncal desde pasta dura y fermentado, sus cinco litros de leche por kilo de queso, así como su producción, absolutamente personal, le han hecho merecedor de la denominación de origen. El pasto fino y variado de los puertos, la temperatura y la humedad de la zona y muy especialmente ese mundo invisible de microorganismos que le dan queso su aroma y sabor, son circunstancias que se dan de una manera muy especial en el Pirineo. Su artesana elaboración se inicia cuajando la leche en una herrada durante una hora, a una temperatura de 37 grados, añadiéndole cuajo y sal común. Después el quesero despieza la cuajada con las manos para luego recogerla formando el ”matón”, se divide en tantos trozos como quesos quiera elaborar. Cada uno de ellos lo coloca en un aro de madera puesto en un “zorce” o bandeja de madera. Y es en ese momento donde empieza una de las elaboraciónes más delicadas del queso Roncal. Se aprieta suavemente con las manos el “matón” por una y otra cara a la vez que se pincha con una varilla fina para que vaya soltando el suelo. Después se comienza con el “rader” o la elaboración del canto del queso. Para hacer la piel, se coloca en una tabla cerca del fuego, se cambia repetidamente su posición y se baldea con agua, después se prensa y se deja metido en Sal de grano tratado.Cada doce horas se le da la vuelta los primeros días; luego cada 24. Al mes y medio el queso ya ha fermentado y está listo.

Fotos: Rufino Lasosa

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