
La cultura popular y la cultura de masas en todas sus manifestaciones (los cuentos infantiles, la literatura, las canciones, el cine, la publicidadÉ) nos transmiten una y otra vez mensajes persuadiéndonos de un determinado tipo de amor, elevándolo a la categoría de único y presentándolo como el bien supremo al que debe aspirar todo ser humano.
Tradicionalmente, este tipo de mensajes que nos son transmitidos desde la más tierna infancia muestran el amor como un fin en sí mismo, lo que no deja de ser un mito, supeditando la felicidad de hombres y mujeres al incesante encuentro de su «media naranja», sin cuestionarse tan siquiera si esa media naranja existe. Sin embargo, hay una diferencia abismal entre la realidad amorosa vivida y el mito del amor que ha inventado nuestra cultura.
Resulta chocante, como poco, la diferenciación que se hace entre el amor y la amistad, hasta el punto de considerarlos excluyentes. Es más, mientras que nuestras amistades las elegimos, por lo general, entre las personas que más satisfacciones afectivas nos proporcionan, en la elección de la pareja no siempre sucede lo mismo, estando con relativa frecuencia la relación cargada de amargura, sufrimiento, daño físico y psíquico.
Este amor mítico es un enorme obstáculo hacia una sociedad libre y una de las causas de mayor sufrimiento, puesto que considera como «un todo» a la pareja, sin tener en cuenta la individualidad de sus componentes, lo que da lugar a sentimientos de posesión, dominación, violencia de género, etcétera.
El amor novelesco y cinematográfico supera la prueba de multitud de contratiempos, pero la verdadera prueba de fuego comienza justo en el momento en el que la película o novela han dado por finalizada la lucha de dos personas para emprender una vida en común. Es entonces, cuando la realidad de dos individuos, con sus respectivos caracteres, hábitos y costumbres, debe abrirse paso ante la intolerancia que presupone la existencia de dos cuerpos pero un pensamiento único. No somos personajes de ficción, en cambio sobre este modelo de amor romántico en nuestra cultura occidental se ha construido el universo de muchos individuos. Es una referencia capaz de modelar nuestras aspiraciones, deseos, costumbres e incluso de influir en nuestras formas de sentir y pensar; en definitiva, capaz de determinar nuestra sentimentalidad.
Es importante reflexionar acerca de las implicaciones negativas que las relaciones afectivas basadas en este tipo de amor ejercen sobre una gran parte de la sociedad que recurre a prototipos de relación basados en el amor a primera vista o a la búsqueda de un ser absolutamente complementario (la media naranja). Deberíamos desterrar de nuestro vocabulario frases como: «Sin ti no soy nada», «te quiero más que a mi vida», «o tú o nadie», que no hacen otra cosa que reforzar la posesión de uno de los miembros de la pareja sobre el otro.
Fátima Fernández profesora y autora de libros infantiles
Articulo publicado en La Nueva España
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